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jueves, 2 de marzo de 2017

“La llevaré al desierto y le hablaré al corazón”



El profeta Oseas, no de forma alegórica, sino desde la experiencia vivida tormentosamente en lo más íntimo y profundo de su ser, identifica la experiencia de infidelidad del pueblo de Israel al Señor, con su propia experiencia personal. El pueblo se ha ido con otros dioses y ha abandonado al Señor, pero éste, lejos de buscar la venganza dice: “Pero yo voy a seducirla: la llevaré al desierto y le hablaré al corazón” (Oseas 2,16)
Directo al corazón. Así es Dios.
La Cuaresma no está reñida con el gozo de ser cristiano. Cuaresma es un tiempo oportuno para tomar en serio nuestra vida, a la luz de la meta que es la Pascua. Es casi como un pequeño ensayo de lo que es toda nuestra vida cristiana: caminar hacia la Pascua, nuestra plenitud.  Por ello el Papa Francisco en la Evangelii Gaudium dice: “Hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma din Pascua.[…] Comprendo a las personas que tienden a la tristeza por las graves dificultades que tienen que sufrir, pero poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta, pero firme confianza” (EG 6)
Sí, es verdad que el camino de nuestra vida cristiana, tantas veces se hace desierto por las dificultades. Pero el tiempo del desierto fue el tiempo privilegiado del pueblo del éxodo, sin más apoyo que el Señor.
Un tiempo para amarle a Él y a los hermanos, un tiempo para preguntarse: ¿dónde tengo puesto el corazón?
Ojalá nuestro ayuno sea de todo aquello que empaña nuestro amor a Dios y al prójimo.  Ojalá meditemos su Palabra con la que Él quiere seducirnos y hablarnos al corazón.

domingo, 26 de febrero de 2017

NO A LA IDOLATRÍA DEL DINERO



                                                             Mt 5,38-48
Francisco, Papa:
«No puede ser que no sea noticia que muera de frío un anciano en medio de la calle y que sí lo sea la caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad».
Vivimos «en la dictadura de una economía sin rostro y sin un objetivo verdaderamente humano». Como consecuencia, «mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz».
«La cultura del bienestar nos anestesia, y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un espectáculo que de ninguna manera nos altera».
Cuando le han acusado de comunista, el papa ha respondido de manera rotunda: «Este mensaje no es marxismo, sino Evangelio puro» Un mensaje que tiene que tener eco permanente en nuestras comunidades cristianas. Lo contrario podría ser signo de lo que dice el papa: «Nos estamos volviendo incapaces de compadecernos de los clamores de los otros y ya no lloramos ante el drama de los demás».

domingo, 19 de febrero de 2017

“YO, EN CAMBIO, OS DIGO…”



                                        Mateo 5,38-48
La llamada al amor es siempre seductora. Seguramente, muchos acogían con agrado la llamada de Jesús a amar a Dios y al prójimo. Era la mejor síntesis de la Ley. Pero lo que no podían imaginar es que un día les hablara de amar a los enemigos.
Sin embargo, Jesús lo hizo. Sin respaldo alguno de la tradición bíblica, distanciándose de los salmos de venganza que alimentaban la oración de su pueblo, enfrentándose al clima general de odio que se respiraba en su entorno, proclamó con claridad absoluta su llamada: “Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os calumnian”.
Amar al enemigo significa, antes que nada, no hacerle mal, no buscar ni desear hacerle daño. No hemos de extrañarnos si no sentimos amor alguno hacia él. Es natural que nos sintamos heridos o humillados. Nos hemos de preocupar cuando seguimos alimentando el odio y la sed de venganza.
El perdón sincero al enemigo no es fácil. En algunas circunstancias a la persona se le puede hacer en aquel momento prácticamente imposible liberarse del rechazo, el odio o la sed de venganza. No hemos de juzgar a nadie desde fuera. Solo Dios nos comprende y perdona de manera incondicional, incluso cuando no somos capaces de perdonar."

domingo, 12 de febrero de 2017

“PERO YO OS DIGO…”



                        Mateo 5, 17-37

Los judíos hablaban con orgullo de la Ley de Moisés. También para Jesús la Ley es importante, pero ya no ocupa el lugar central. Él vive y comunica otra experiencia: está llegando el reino de Dios.
Por eso, según Jesús, no basta cumplir la ley que ordena “No matarás”. Es necesario, además, arrancar de nuestra vida la agresividad, el desprecio al otro, los insultos o las venganzas. Aquel que no mata, cumple la ley, pero si no se libera de la violencia, en su corazón no reina todavía ese Dios que busca construir con nosotros una vida más humana.
Así habla el Papa: “Me duele comprobar cómo en algunas comunidades cristianas, y aún entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odios, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones que parecen una implacable caza de brujas. ¿A quién vamos a evangelizar con esos comportamientos?”. El Papa quiere trabajar por una Iglesia en la que “todos puedan admirar cómo os cuidáis unos a otros, cómo os dais aliento mutuamente y cómo os acompañáis”.

 

domingo, 5 de febrero de 2017

SOIS LUZ Y SAL DE LA TIERRA



                                                     Mt 5, 13-16
Jesús da a conocer, con dos imágenes audaces y sorprendentes, lo que piensa y espera de sus seguidores. No han de vivir pensando siempre en sus propios intereses, su prestigio o su poder. Aunque son un grupo pequeño en medio del vasto Imperio de Roma, han de ser la «sal» que necesita la tierra y la «luz» que le hace falta al mundo.
«Vosotros sois la sal de la tierra».
«Vosotros sois la luz del mundo».
Las dos metáforas coinciden en algo muy importante. Si permanece aislada en un recipiente, la sal no sirve para nada. Solo cuando entra en contacto con los alimentos y se disuelve en la comida puede dar sabor a lo que comemos. Lo mismo sucede con la luz. Si permanece encerrada y oculta, no puede alumbrar a nadie. Solo cuando está en medio de las tinieblas puede iluminar y orientar. Una Iglesia aislada del mundo no puede ser ni sal ni luz.
El papa insiste una y otra vez: «Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termina clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos».
La llamada de Francisco está dirigida a todos los cristianos: «No podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos». «El Evangelio nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro». El papa quiere introducir en la Iglesia lo que él llama la «cultura del encuentro». Está convencido de que «lo que necesita hoy la Iglesia es capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones.